
Mientras el voluminoso cielo se tiñe del oscuro de la madrugada y las estrellas iluminan junto a la luna un poco de tierra, Shasha, una niña de no mas de quince años, camina rápidamente para llegar a casa. Esa noche era especial, pues nunca había salido hasta tan tarde y sus padres esta vez tuvieron la suficiente confianza para dejarla. Esta feliz. Las calles a esa hora tenía un aire diferente, más frío, mas húmedo. Pero a ella eso no le importaba.
Un ruido, crashh... se volvió, pero no vio nada. Debió ser imaginaciones suyas, aún así aligero el paso. Lo que venia a ser un tranquilo paseo se convirtio en una maratón entre ella y su propia imaginación miedica.
Sus amigos no habían querido acompañarla, era la chica que más lejos vivía. No pasa nada, dijo, y los amigos confiaron en que llegaría bien, sana y salvo.
Se metio en un callejón para acortar camino. Siempre lo hacía, había pasado por allí miles de veces, ¿por qué no hacerlo cuando estaba tan asustada?
Otro ruido. Sintió un alivio al ver que era ella misma la que había caido una pequeña caja con el pie. Se rio. Estaba tan nerviosa que escuchaba cosas que no existían.
Por fin llegó al portal de su casa. Abrió su bolso y comenzó a buscar las llaves... una vez más un ruido, esta vez acompañado por un agudo dolor de cabeza. La habían golpeado. Solo vio el bate de beisbol... acto seguido cayó en el suelo, inmóvil. Escucho una voz...Llegó tu hora...
Para Shasha esa noche era especial, pues nunca había salido hasta tan tarde y sus padres esta vez tuvieron la suficiente confianza para dejarla. Esta feliz...
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